El estudio de la inteligencia emocional parte de EE.UU. cuando se encontraron con los resultados de las investigaciones sobre los factores de éxito en la vida y se dieron cuenta que el cociente intelectual conocido como C.I. no les valía.
Personas con altos C.I. fracasaban estrepitosamente en la vida, mientras otras personas con muchas menos capacidades intelectuales, pero con más “tablas en la vida” triunfaban de manera incuestionable en todos los ámbitos de la vida, especialmente el área empresarial que es la que interesa a menudo a los americanos.
Profundizando más en el tema, nos podemos encontrar con personas brillantes en sus carreras profesionales que sin embargo acaban teniendo vidas personales desastrosas. Relaciones que no funcionan, matrimonios fracasados, etc.
Los primeros estudios relacionados con la inteligencia emocional vienen de la inteligencia social que es, de forma resumida, la capacidad que tiene una persona de entender, tratar y llevarse bien con la gente que le rodea.
Tras el éxito fulgurante de la publicación del libro de Daniel Goleman, Inteligencia Emocional, ya nadie discute su importancia en la vida moderna de hoy en día.
La cuestión que ahora muchos se preguntan es cómo desarrollar dicha inteligencia. Venimos de un modelo educativo donde los niños comienzan a los seis años sentados detrás de un pupitre atendiendo al profesor, y aprenden así a frenar así sus impulsos naturales de aprender jugando y moviéndose.
Estudiar la inteligencia emocional con el modelo de “clase-profesor” sería como estudiar un manual de artes marciales sin haber recibido una clase nunca, o comprarse un libre sobre ballet y sin haber bailado nunca. ¿Te imaginas una persona que se presenta a una audición de danza habiéndose leído solo un libro al respecto?
Podemos saber todas las características de las que se compone la inteligencia emocional, podemos analizar y estudiar todos sus componentes y poner miles de ejemplos que nada nos garantiza que a la hora de la verdad seamos capaces de poner en práctica dichos conocimientos.
Así que parece que, según los estudios realizados, para desarrollar dicha inteligencia debemos confiar en el método natural a través del cual hemos aprendido toda la vida: la experiencia.
Para poner un ejemplo sencillo. Una madre le dije a su hijo: “¡No toques la llama de esa vela que te vas a quemar!” Eso es una instrucción, un mandato, un conocimiento transmitido al C.I. del niño, pero ¿qué hace el niño?
Una de las posibilidades es que el niño toque la llama y se queme. Eso es un “experiencia” que el niño tiene y aprende que no debe tocar la vela.
Otra posibilidad es que el niño descubra que su madre se altera mucho cuando se acerca a la vela, y así aprende a llamar la atención de la madre haciendo cosas que la alteren. Por tanto, cuando el niño aún no tiene mucha capacidad de razonar y entender las cosas, y busca la atención de su madre, aprende a hacerlo haciendo las cosas que “llaman la atención de su madre”.
De hecho el primer aprendizaje que tenemos desde niños es el emocional, mucho antes de aprender el lenguaje o conocimientos prácticos para la vida. Esos aprendizajes se quedan en nuestro sistema nervioso y constituyen la base sobre la que construimos la forma en que nos comportamos y nos relacionamos con los demás de adultos.
Si te interesa este tema y estás por Bilbao, ofrezco un taller sobre la inteligencia emocional y la empatía a partir de Octubre 2013. En este link tienes más información.
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